Francia se despidió de la era Didier Deschamps de la forma más extraña posible. Lo hizo con diez goles, un 4-6 de locura ante Inglaterra y una primera parte intolerable en un partido en el que había poco o nada en juego. El seleccionador resumió el sentir de muchos aficionados con una sinceridad poco habitual en la previa: "Lo mejor para Francia e Inglaterra sería que este partido no existiera". Y durante 45 minutos, los franceses jugaron como si quisieran borrarlo del calendario.
El 0-4 al descanso fue una imagen lamentable. Indescriptible. La sensación era todavía peor que el marcado, porque parecía que había futbolistas que no querían estar allí, atrapados en la derrota frente a España y desconectados de una cita que, aunque solo decidía el tercer puesto, exigía orgullo. En la segunda parte hubo lavado de cara, pero insuficiente.
El más duro fue Adrien Rabiot. "Hay mucha decepción tras la derrota contra España, pero había trabajo por hacer hasta el final y no podíamos permitirnos ese lujo de descuido", afirmó el centrocampista del AC Milan. "Al descanso nos dijimos que teníamos que demostrar orgullo, y la segunda parte fue mucho mejor, porque algunos comportamientos de la primera fueron inaceptables", añadió una de las piezas intocables de Deschamps.
La reacción llegó, aunque demasiado tarde. Francia cambió la cara y convirtió el encuentro en una montaña rusa. Del bochorno del 0-4 se pasó a un intercambio sin control hasta el definitivo 4-6. Hubo goles y una cierta reparación emocional, pero nada pudo borrar una puesta en escena impropia de una selección de su nivel.
El partido tenía un significado mayor que la pelea por el tercer o el cuarto puesto. Era el cierre de la etapa de Deschamps, iniciada en 2012 y coronada con un Mundial, una final y este último cuarto puesto. El técnico calificó el encuentro de "catastrófico", pero no quiso ensuciar su adiós y se negó a señalar a sus jugadores, incluso después de realizar cuatro cambios en el descanso y admitir que "podría haber hecho ocho".
"Fue mi error", asumió. "Debería haber tomado decisiones desde el principio del partido, y quizás las cosas habrían ido mejor después", expresó. Deschamps mantuvo el código que le acompañó durante catorce años: proteger al grupo en público. "A todos se nos juzga por nuestro rendimiento, pero juzgar a los jugadores, sus caracteres, sus diferentes personalidades… Nunca lo he hecho delante de ustedes, y no voy a acabar así. Les deseo lo mejor a todos", finalizó.
También Kylian Mbappé entonó el 'mea culpa', aunque introdujo un matiz de justificación. "Puedo entender a los que dicen que nos hemos reído de la gente o que no hemos respetado la camiseta. Yo solo diría que hemos sido humanos", explicó el capitán, que todo apunta a que será el máximo goleador del Mundial después de alcanzar los 10 tantos en el torneo. Eso sí, la imagen de la complicidad con Thomas Tuchel al descanso, con el 4-0 en contra en el marcador, ya despertó polémica en las redes sociales.
También habló Jules Koundé. El jugador del Barça fue sincero y comentó que "lo más importante es el colectivo. Es algo histórico para Kylian, que es un grandísimo jugador, pero hoy es difícil alegrarme porque hemos perdido y dejamos la competición con una segunda derrota seguida". Después, tuvo bonitas palabras para Didier Deschamps: "Quiero agradecerle por los años que hemos pasado juntos, y por las competiciones que hemos ganado y las que no. Ha sido muy positivo", señaló.
Fue un cierre caótico, incómodo e inesperado. Un último partido que condensó el desgaste de un ciclo que se cerró con rajadas, alguna excusa y diplomacia. Ahora sí, Francia cierra la puerta de Deschamps y se prepara para abrir la de Zinedine Zidane.